viernes, 8 de mayo de 2009

Bernardo y yo.

He tenido el gran privilegio y la gran fortuna de haber contado (y seguir contando) con maestros excepcionales. A todos los que han sido parte de mi formación artística les debo un gran respeto y un agradecimiento profundo, único y honesto. El ser artista es más que ser creador, es encontrar la integridad como persona, como ser. Y es gracias a las buenas, malas, excelentes o terribles enseñanzas de estos maestros que soy lo que soy ahora. Mi intención es seguir creciendo y por tanto tener más de estos guías de luz que puedan formarme, pero si retomo el Valdemar del presente, puedo decir que he sido enormemente afortunado.

El día de hoy me topé en Facebook con uno de los grandes de los que hablo. Y si fuera en sus palabras, podría decir que tuve un verdadero joie de vivre al ver su rostro; saber que seguía vivo, que estaba bien. Su minuciosa personalidad me confrontó en cada ocasión posible. Me cuestionó y ejerció presión como nadie ha podido y/o sabido hacerlo. Me retó como un tremendo toro que ve en el rojo a la más frágil carnada. Y gracias a toda su intensidad fue que me convirtió en un verdadero ejecutante escénico.

Bernardo Rubinstein: quien me introdujo a Baraka y The Ball. Quien marcó mi vida con El Laberinto de Babel. Quien hizo que Roberto Blandón dejara la bebida (al menos un fin de semana) y tomara la Antología de Borges en su lugar. Quien me enseñó lo que es un grito de vida, un grito de auxilio, y por encima de todas las cosas, a comprender que es verdad que el diablo vive en los detalles.

Recuerdo el día en que se despidió de mí. Estábamos en el teatro del Tec. Habíamos culminado el último ensayo que tendríamos con él, y después de explicar las razones por las cuales tenía que irse, caminó hacia la puerta de salida. Algo lo detuvo. Se paró en seco y volvió la vista hacia el escenario. De su boca se escaparon dos palabras que sonaron más a un suspiro: -El teatro...-, dijo. Emprendió de nuevo su salida pero ahora fui yo quien lo detuvo. Desde el escenario le grité las últimas palabras de Para una Versión del I King que tanto trabajo le costó enseñarme: -Bernardo, no te rindas. La ergástula es oscura. La firme trama es de incesante hierro, pero en algún recodo de su encierro puede haber un descuido, una hendidura. El camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios, que acecha-. Bernardo entonces se volteó con lágrimas en los ojos y me dijo lo que serían sus últimas palabras para mí en ése entonces: -Arturo, no sabes lo que acabas de hacer hoy por mí-. Soltó una leve sonrisa y desde entonces no lo he vuelto a ver.

Espero que ése no haya sido el final de mi historia con Bernardo. Buscar el reencuentro se volvió mi decisión. No pretendo volver a ser su alumno. Lo único que quiero es reiterar la idea de que está de maravilla. Que sigue siendo ese difícil y complejo pain in the ass que siempre fue, que sigue siendo un intenso, que no ha dejado de vivir el arte pero sobre todo, que todavía me recuerda.


2 comentarios:

Aura dijo...

Wow, que gusto encontrar a otro superfan de Bernardo. No se si en el fondo él será consciente de cómo marcó profundamente a muchas personas. Me tocó estar con el del 92 a 2001 aprox... en un ir y venir. Es una persona que admiro en todos los sentidos, y sí, como dices, es un gustazo encontrarlo en el Face. Saludos! ;)

jeje el poster del laberinto lo hice con una amiga ;) me trae muchos buenos recuerdos. Grax!

gato dijo...

Hola, yo también estuve con Bernardo en El Laberinto de Babel en el Tec. En ese entonces yo tenía muy revuelta mi cabeza y quizá no supe apreciar todo lo que me dejó. Ahora que ha pasado el tiempo, lo recuerdo con mucho cariño, y cómo quisiera verlo aunque sea una sola vez más para decirle: gracias.