miércoles, 21 de noviembre de 2012

Pinche terco.

   Hoy fuí al Tec a entregar la mentada copia del CURP faltante para que me tramiten el título que me acredita como Licenciado. Desgraciadamente llegué tarde y ya me habían cerrado la oficina correspondiente. Así que aproveché para dar un paseo por los pasillos, tomarme un café y recordar. Eso de ser nostálgico se disfruta, pero tiene sus consecuencias.

   Al ir caminando por los pasillos veía los fantasmas de mis compañeros (y hasta el mío) corriendo para entregar un trabajo en equipo, entrando tarde a clase, saliendo de examen con cara de terror y deseando que terminara el semestre. La neta sí extraño eso de ser universitario. De repente cuando la chamba anda floja en mi actual profesión me entra la desesperación y la sensación de inutilidad. No podía evitar el preguntarme (mientras seguía caminando por los pasillos) qué opinaría de mí la sociedad académica del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Campus Estado de México acerca de mis decisiones profesionales. ¿Qué opinarían de mí después de haber mandado al carajo mi Licenciatura (una vez graduado) para dedicarme a las artes? ¿Qué dirían los Rectores o hasta el Director del Campus (el Ing. Pedro Grasa Soler) acerca de la manera tan ferviente a la cual me prendí del escenario y decidí olvidar todo lo aprendido en las aulas?

  En mi caminar por los pasillos noté muchos estudiantes ensimismados con la rutina estresante de la universidad. Extrañé por momentos a ése Valdemar, pero me dí cuenta que nunca he estado tan vivo como ahora. Sí, a veces con tres pesos en la cartera, pero vivo. Entregándolo todo en el set o en el escenario. Supongo que eso es lo que les contestaría a los grandes académicos: estoy más vivo que nunca. Gracias a que soy un pinche terco que decidió perseguir sus sueños a pesar de los consejos de mis maestros.

   Sí, estoy más vivo que nunca. Porque soy un pinche terco.


domingo, 20 de mayo de 2012

Cásate Conmigo.

   Ya lo tenía todo listo. Había conseguido un bigote postizo en una tienda de disfraces no muy lejos de aquí. Me habían prestado unos lentes oscuros y me había dejado crecer la barba. Incluso me puse un sombrero. Incurrí en todo tipo de clichés con tal de no ser reconocido por mí. Algunos al verme hubieran podido decir que lo único que me faltaba era un letrero que dijera: "Soy un desconocido".
   Cuando se me dijo que iba a tener la oportunidad de entrevistarme a mí mismo cuando tenía diez años no lo dudé. Se me dijo que lo único que tenía que hacer para llegar al pasado era cerrar los ojos y repetirme en voz baja una y otra vez; mil novecientos noventa y cuatro... mil novecientos noventa y cuatro. Al principio sonaba sencillo: uno simplemente se tira al piso, se concentra y comienza a murmurar la fecha deseada. Sin embargo ya cuando estaba listo para hacerlo no pareció tan fácil. Al instante me invadió el mayor miedo: lograrlo. De cualquier manera no tardé mucho y después de terminar de disfrazarme de otro yo, me acosté en el piso de mi habitación y comencé a concentrarme y a decirme y a murmurarme. (Mil novecientos noventa y cuantro. Mil novecientos noventa y cuatro. Mil novecien... chin, otra vez. Mil novecientos noventa y cuatro. Mil novecientos noventa y cuatro.)
   -Sí señor, es ése año.- (Shhh... espera niño que no me concentro. Mil novecientos noventa y cuatro, mil nove...) -¿Concentrarse en qué señor?- (En viajar al pasado niño. Mil novecientos noventa y cuatro. Mil novecien... chin. ¿Mil novecientos qué?) -Usted me cae bien. Es gracioso.- Y abrí los ojos. -¿Está bien? ¿Lo ayudo a levantarse?- Y era yo quien me hablaba. Lo había logrado. Sin darme cuenta había conseguido viajar al pasado y ahora me tenía en frente, sólo que claro... diez años más joven. (Perdona.) Era una sensación extraña. Me sentía paradójicamente incómodo y desconfiado frente a mí. (Vaya. Hasta ahora entiendo por qué odiaba ése uniforme.) -¿Qué? ¿No le gusta?- (¿Te gusta a ti?) -Pues, aunque no me guste lo tengo que usar.-
   Decidí levantarme del piso. Pensaba que tenía que encontrar una excusa. Una explicación para justiricar la presencia de un extraño en, irónicamente, mi propia casa. Sin embargo, una sola frase de mí mismo lo derribó todo antes de que yo pudiera inventarme cualquier pretexto. -Yo lo conozco.-
   Como un perro que puede oler el miedo del otro, me sentía victimado por mi adversario que casualmente, era mucho más joven que yo. Mi ego furioso lo negó todo, claro. (Eso no puede ser. Me has de estar confundiendo.) Pero repuso al instante. -Por eso me cae bien. Siempre que viene aquí actúa como si fuera la primera vez.- No entendía bien lo que intentaba decirme, pero lo veía tan tranquilo y en tanta confianza que decidí ya no pensar en una excusa y actuar relajado. Me senté en el suelo y supuse que era mejor observar primero, respirar y posteriormente iniciar con mis indagaciones.
   -Qué bueno que se sentó porque le voy a enseñar una canción.- Y tomó mi guitarra, bueno... su guitarra que,  era o es mía también. Miré cómo torpemente la comenzaba a tocar y equiocaba en los acordes y tardaba en las pisadas. -Perdón. Es que, todavía no aprendo bien.- Y sentí como si finalmente me hubiera dado la llave para abrir la conversación de par en par. (¿Qué es lo que te cuesta trabajo?) -Cambiar de acorde señor, le digo, apenas llevo dos semanas de clases. Uno no nace sabiendo, o al menos eso siempre me dice mi mamá.- (Bueno, ya te saldrá.) -Espero, porque le digo que ayer mi papá me prometió que si aprendo a tocar Tears in Heaven de Eric Clapton me va a comprar una guitarra nuevecita.- Recordé que hasta la fecha mi papá no ha cumplido su promesa, a pesar de que en esa época memoricé la canción y se la interpreté muchas veces. (Pues échale ganas para que te la compre.) Sin responder siguió tocando la guitarra sin presiones. (¿Ya en qué año vas?) -En primero señor.- (¿Y has pensado qué quieres ser de grande?) -No. Porque yo ya soy grande.- Y reí en paz. (Tienes razón. Ya vas en primero.)
   Me levanté del suelo y me asomé por la ventana. Tuve de pronto curiosidad por ver cómo estaba mi calle hace diez años. Descubrir qué cosas estaban que ahora ya no, así como identificar las que faltan que aun no sucedían, pero él pensó que yo me asomaba por otra razón. Una razón muy especial. -¿Para qué se asoma? Si ella no llega hasta las ocho.- (¿Quién?) -Pues... ella.- Y el tono nostálgico en el que me dijo "ella" me hizo recordarlo todo. Esa palabra, ése simple "ella" me lo había resuelto. Se trataba de la vecina de enfrente. En pocas palabras, mi primer amor. -¿Está bien que sienta esto?- Y yo sabía de qué hablaba él. Él hablaba de un revolcar de mariposas y serpientes en el estómago al verla. Él hablaba de un llanto inusitado en las noches por no conocer su nombre. Él hablaba de horas eternas de espera para ver cómo ella se cambiaba y se peinaba y se enojaba y se reía y se dormía a través de mi ventana y la de enfrente. Él hablaba de amor. (¿Qué es lo que sientes?) Y contestó mientras seguía golpeando torpemente la guitarra. -Pues es como un... es como tener hambre pero hambre que no se quita comiendo. Es como tener curiosidad de verla siempre. Cuando me ha mirado siento como las cosquillas que se sienten cuando sabes que ya vienen las vacaciones, pero se siente también ése nudo en la garganta como cuando repruebas un examen al que le echaste muchas ganas.- (Entiendo.) -Pero no me gusta. Parezco niña. Ahora lloro por casi cualquier cosa. Me río también casi por cualquier cosa y todo el día estoy cambiando de humor.- Dejó un instante la guitarra y se detuvo como si estuviera recordando algo. Después de una pausa repuso. -Mi prima me dijo que esos cambios de ánimo le pasan cuando está en sus días, entonces yo creo que estoy en mis días también.- Solté una carcajada por su inocencia. (Pero ella se refiere a otra cosa.) Y seguí riendo pero él me calló de un sólo golpe. -Ya sé eh, yo no menstruo.-
   Volvió a tomar la guitarra y comenzó a practicar de nuevo. (Yo sé lo que te pasa.) Y él me ponía atención pero no me miraba a la cara. Entonces me acerqué a él y puse mi mano sobre mi guitarra, digo, su guitarra. Le levanté el rostro y le dije. (Se llama amor.) Él me miró desencantado. -¿Amor?- (Sí, te estás enamorando por primera vez.) Quiso defenderse y contestó un poco abrupto. -Claro que no. Soy muy chico como para enamorarme de alguien.- Yo contesté con toda seguridad. (¿Qué no se supone que ya eres grande?) Pero su ternura me lo dijo todo. -Pues no. Apenas voy en primero.-
   Al parecer el tema no le estaba siendo del todo cómodo. Se sentía vulnerable y descubierto. Se notaba que no le gustaba mucho hablar de eso. Una parte de él se sentía avergonzada, pero intenté disipar sus temores. (Dime, ¿por qué dices que llega hasta las ocho? ¿Dónde está?) -En el club. Los martes y jueves va a nadar y llega hasta esa hora.- (¿Y cómo sabes todo eso?) -Pues es que una amiga la conoce y me lo contó. Conseguí su teléfono pero no me atrevo a marcar.- (¿Por qué no?) -Pues porque no sé qué decirle. Ni modo que hable y pida hablar con ella y le diga que hola, no te conozco pero me gustas. O ¿qué tal si ella contesta? No voy a saber qué decirle. ¿Qué tal que mejor le hablo y me quedo callado? Me gustaría aunque sea escucharla tantito.- (Yo digo que la llames.) -No, porque aparte creo que ella sospecha que me gusta porque siempre me le quedo viendo mucho tiempo y como que se saca de onda.- (¿Y has pensado en alguna otra solución?) -Sí. He pensado que lo mejor es sólo verla desde aquí. Esperar hasta las ocho todos los martes y jueves y mirarla de noche. Mirarla cuando ella no pueda ver que la estoy espiando, y tal vez, algún día darle esto.- Y dejó la guitarra en el piso y sacó de un cajón un papel que dejó ver escritas dos palabras tan únicas y tan puras que hasta parecían temerosas de ser leídas: "cásate conmigo". No pude evitarlo y derramé una lágrima por mí, al mismo tiempo que él derramó otra por ella. Pero antes de que yo pudiera decirle algo, tomó el papel bruscamente y lo devolvió a la fría obscuridad del cajón. Se dio la vuelta y sin decir nada se echó a la cama a llorar. Fui tras él pero al instante me empecé a sentir liviano y transparente. Al parecer mi cuerpo se estaba desvaneciendo y tornándose etéreo. Mi vista se empezó a nublar y empecé a sentir aquello que se siente justo antes de despertar de un sueño profundo. Sólo pude escuchar antes de desaparecerme por completo que él decía muy triste: -Arturo, ¿cuándo vas a crecer? ¿Cuándo dejarás de hablar solo con tus amigos imaginarios? Ya no eres un niño. Ya tienes diez años.- Y desperté.
   Supe al instante que estaba de regreso, pero nada más para cerciorarme eché un vistazo al reloj: "Marzo de 2004". Respiré profundo y quedé tirado en el piso unos instantes más hasta que me asaltó un pensamiento. (El papel.) Me levanté de inmediato y corrí en dirección hacia aquel cajón. Tras encontrar ahora un montón de cosas nuevas finalmente di con aquello que tanto buscaba. "Cásate conmigo", leí. (Es una lástima que desde hace cuatro años ella ya no viva aquí.) Pensé. (Nunca tuve el valor de preguntarle su nombre.)