martes, 30 de agosto de 2016

Mascarilla de Oxígeno.

Pues resultase ser que padecí recientemente otra fuerte recaída de depresión clínica. Ya saben que uno padece de estas cosas desde hace casi diez años (nueve y cachito). No me gustaría entrar mucho en detalles pero básicamente podría decir que la depresión fue tan fuerte que no me podía levantar de la cama. Fue gracias a Lola que pude hacerlo. Mi pequeña hija es tan educada que si no la saco no hace del baño, así que ella de alguna manera me sacó. A jetas y bufadas pero me sacó.

Sin embargo, no es de mi reciente depresión de la que quiero hablar precisamente, sino de los pensamientos que esta me trajo. Como por ejemplo, sentirme completamente imposibilitado de ser amado o ser cuidado o ser visto o ser notado no por que el mundo sea ogete conmigo nomás porque sí, sino porque yo no quería amarme, cuidarme, verme o notarme. O sea, quería pues, pero no podía (por la chingada falta de serotonina). Mi amistad Alma Itzel me dijo recientemente que "comer era un acto de amor propio" y nunca se había hecho tan cierta esa frase como ahora que en cuatro días comí un sándwich y dos chocolates. Ah, y un chingo de tazas de café. Y ya. Me faltaba amor. Pero del mero bueno; del propio.

Y es que uno no termina de entender que esto es como la mascarilla de oxígeno de los aviones. Cuando te subes un avión y te dan las instrucciones especiales en caso de emergencia, ¿qué es lo que dicen acerca del uso de la mascarilla de oxígeno? Que ANTES de ayudar a alguien (aunque sea tu hijo) a ponerse la mascarilla te la tienes que poner TÚ PRIMERO, y ya después se la pones al de a lado. Antes de esperar que la vida y el mundo me quieran, me tengo que querer primero. Me tengo que poner la chingada mascarilla y querer respirar y entonces volver a sentir y volver a quererme y cuidarme y verme y notarme para que entonces los demás lo hagan.

Así que en mi primer dosis de mascarilla de oxígeno (ahora que ya está pasando la tormenta) decidí escuchar todo el Living in Clip de Ani DiFranco de principio a fin mientras me comía unos buenos tacos del Califa a domicilio y pa' cerrar la noche un capuchino. Y que el mundo se acabe entonces. Y que todo calle. Hasta que Lola me lama la cara en la mañana para sacarla a pasear y me tenga que poner la mascarilla otra vez.

Nos vemos mañana, querido mundo hijoputa.



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