domingo, 26 de junio de 2016

Los "Pederos".

Una de las cosas que más trabajo me han costado aprender en esta carrera de la "artistiada" (sic) es la de aprender a darme el lugar que creo merecer. Cuando uno empieza, uno se compra la historia que todo mundo te dice: "Tienes que pagar derecho de piso.", "Eres nuevo, no puedes ponerte exigente.", "Cuando seas famoso, entonces opinas." y demás pendejadas. Sin embargo, así lo hice siempre. Me quedaba callado ante cualquier injusticia, agachaba la cabeza. Sentía que no tenía derecho a defenderme todavía porque aún no había conseguido ganarme un lugar importante. Sentía que mi nombre era ligero, inexistente.

Con el paso de los años (y con el paso de la experiencia que tarde que temprana, llega) comencé a darme cuenta que muchos compañeros y compañeras del mismo dolor habían empezado a tratarse a sí mismos como ellos creían que debían ser tratados. La mayoría de las veces se les condenaba de "pederos", "divos", "conflictivos" y otros adjetivos del estilo. Pero aferrados a no tolerar más malos tratos o injusticias, comenzaban a abrir la boca cuando lo creían adecuado o cuando sentían que su integridad como artistas estaba siendo cuestionada.

Fue entonces que la epifanía llegó para mí. Me di cuenta que en este mundo (te dediques a lo que te dediques) nadie pero absolutamente NADIE te va a dar el lugar que tú crees merecer SI NO TE LO DAS TÚ PRIMERO. Tienes que tratarte como te gustaría ser tratado porque lo que va pa' fuera, va pa' dentro también.

Ha sido difícil esto de "tratarme" como me gustaría que me trataran. Sin embargo, debo admitir que poco a poco he logrado que gente que antes me ninguneaba, ahora me trata mejor. Evidentemente le doy (o trato de darle) a mi trabajo el nivel más alto de profesionalismo y/o dignidad que puedo. Y de repente vuelvo a esa caverna incómoda, temerosa e infantil de no querer decir nada por temor a ser regañado, corrido o ser considerado como un "pedero". Y la trampa mental vuelve, acecha porque es terca como una gran hijaputa. Y entonces me vuelvo a agarrar los huevos.

Y es que no se trata de ser insolente, ni de andar buscando pleito, ni de tratar de hacerle la vida miserable a los demás. A mí me fascina trabajar en armonía y llevándome lo mejor que puedo con todas las personas que me rodean. Simplemente ya no paso por alto que alguien intente pisotearme o cuestionar la dignidad que mi trabajo merece. Y me quejo. Y me vuelvo incómodo. Y me miran con ojos de: "Tú, actorcillo de medio pelo, ¿quién chingados te crees que eres?"

Y contesto: "Soy Arturo Valdemar. Con permiso."