miércoles, 9 de abril de 2014

La Señora ValdeMamá.

Dicen que irremediablemente, de una manera u otra, los padres les arruinarán la vida a sus hijos. Todos, sin excepción alguna. En mi caso puedo decir que es cierto. Mi madre me arruinó la vida. Con sus frases. Frases y palabras célebres que me marcaron. Se me pegaron casi con UHU y provocaron que yo, al repetirlas, fuera víctima de bullying por parte de mis compañeros en la escuela. Lo peor es que las sigo repitiendo de vez en cuando y el bullying  no termina. Porque ella las sigue diciendo. Claro que ya adquirida más edad, le he dicho en un par de ocasiones que sus frases y palabras son horrendas. Que me las ha pegado y que se burlan de mí. Y lejos de encontrar consuelo, me bullea  también. A continuación se las expongo:

Las advertencias.

1.  Cada vez que de pequeño se me ocurría levantarle la mano a mi mamá, me gritaba de inmediato: “¡Se te va a secar esa mano!”. Era yo tan inocente (pendejo) que le creía, y por temor a que mi mano se secara para siempre dejé de hacerlo.
2. Ya bastante enojada conmigo (encabronada más bien) me amenazaba con una frase tremenda: “¡Síguele Arturo Valdemar, y se te va a aparecer Juan Diego pero sin la Virgen!” Ahora que lo pienso, no tiene mucho sentido esa frase. Juan Diego es un Santo. Si se me aparece sin la Virgen, ¿qué? Pero me daba miedo. Imaginaba que se me presentaría el espíritu de un Juan Diego endemoniado para torturar mi alma.
3. Las veces que me negaba a hacerle algún favor, no tardaba en decirme: “Pero me has de pedir agua en el desierto, y en lugar de agua te daré pinole”. Nunca supe que era el pinole hasta hace un par de años. Pero imaginaba una especie de mazapán amargo con frutas secas y muchas pasas. Ewww.
4. Como típica mamá, cada vez que yo salía de casa me preguntaba: "¿Llevas con qué taparte?" Yo respondía que sí al tiempo que le mostraba la chamarra o suéter que traería conmigo. "¿Eso?" respondía, "Te calienta más una regañada mía que eso." La mayoría de las veces, y hasta la fecha, tiene razón.

Los eufemismos.

Chapada a la antigua, mi madre temía al uso del lenguaje coloquial franco con sus hijos. Creía que algunas palabras eran demasiado agresivas para que un niño las conociera y pronunciara. De tal modo, utilizaba eufemismos. El problema aquí, era que yo no sabía que eran eufemismos, y que en realidad las cosas se llamaban de otra manera.

1. Evidentemente “caca” y “orina” le parecían sustantivos demasiado extremos, por lo que utilizaba los muy conocidos “popó” y “pipí”. Pero lo grave del asunto, es que en estos escabrosos temas escatológicos, la palabra “mocos” le parecía igual de extrema. Por lo tanto, mi madre decidió inventar (sí, inventar) la palabra “bubos”. ¿Me hacen el chingado favor? Lo peor es que yo crecí creyendo que así se les decía a los mocos. Imaginen por tanto el siguiente escenario: secundaria, todo mundo tratando de ser cool.  De presumir su identidad y originalidad. El popular, el bully, la cerebrito. En fin, toooodo el cliché. Y de repente llega un güey a decirle a sus amigos: “Espérame que se me salió un bubo”. Chale. Chale chale chaleee.
2. Ya que estamos entrados en esta área de los residuos corporales, mi mamá jamás podría decir “te echaste/tiraste un pedo”. Ah no, para ella, las flatulencias eran “punes”. “Si te quieres echar un pun ve al baño hijo, no lo hagas aquí en la mesa que estamos comiendo.” Pero, si andaba de “bocasucia” (como mi mamá les llama a los groseros), en lugar de “pun” nos decía: “¿Ya te andas descosiendo?” Esa última sí me gustaba y hasta la fecha me da mucha risa.
3. Mi mamá tiene un problema con la palabra “pantufla”. Le parece fea y agresiva. (¿Cómo poooor?) El punto es que seleccionó otra para reemplazarla. Una mucho peor: “babucha”. De nuevo, la palabra “pantufla” siempre estuvo fuera de mi diccionario. Yo creía que literal las pantuflas se llamaban “babuchas”. Y se siguen riendo de mí algunos amigos porque digo “babuchas”.
4. A mi mamá le parece poco cool decir “policías”. En su época de joven, lo cool era decir “tamarindos” (los oficiales de tránsito hace muchos años utilizaban uniforme color café), pero a mi mamá eso de “tamarindos” le parecía muy naco. Así que, ¿por qué no? Se le ocurrió algo mucho más fresco. Mucho más amigable. Mucho más… chale, se las digo: “popochas”. Sí lector, así como está escrito. Mi mamá a los policías les dice “popochas”. En esta ocasión, a diferencia de las anteriores, siempre supe que esta palabra era un invento de mi madre. Pero lo decía con tanta cotidianeidad que para mí no tenía nada de extraño. No fue hasta que vi las caras de horror de mis amigos que supe, cuán grave había sido mi error.
5. Aquí viene lo peor. ¿Cómo nombrar a los genitales? Santo Jesús de Veracruz. (Es que no entiendo de veras. Mi mamá siendo tamaulipeca, jaiba brava y cayendo en esta ridiculez.) Bueno, pues ahí va. Para referirse al pene mi mamá usaba el ridículo y conocido “pilín”. Porque sí es conocido, ¿verdad? … ¿VERDAD? Bueno, pero eso no es lo más grave. El problema está en la vagina. ¿Cómo nombrar a la vagina? ¿Cómo nombrar ése lugar pecaminoso que domina al mundo? (Porque si bien los hombres dominan al mundo, las mujeres dominan a los hombres.) Pues vamos a utilizar la palabra “chun chun”. Sí. “Chun chun”. Padrísimo. Bravo mamá. Bravo. ¿Te imaginas a tu hijo en clase de sexualidad en secundaria preguntándole a la maestra en frente de todo el salón que cuánto era capaz de dilatarse un “chun chun” al momento del parto? No mamá, no te lo imaginas.

Con todo este post, lo que en realidad quiero decir es, que adoro a mi madre. Como ella no hay dos. Punto. Y quiero decir también que solo a mí me pudo tocar una mamá que utilizara las palabras “babuchas”, “pilín” y “chun chun”. Porque si llegara a ser verdad que nosotros escogimos a nuestra familia desde antes de nacer, entonces fui muy pero muy sabio al seleccionarla a ella como mi madre en esta vida. Tanto que si pudiera, la volvería a escoger.


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