martes, 28 de julio de 2009

Políticamente Incorrecto.

Podría decir que la primera vez que se me "dejó" ser políticamente incorrecto en el escenario fue cuando formé parte de Chicago en el TEC. Digo, éramos políticamente incorrectos por que se nos permitió por primera y última vez decir groserías en el escenario, establecer un contenido sexual más allá de lo que normalmente el Instituto dejaba y lo más importante de todo, dejar un mensaje poderoso en el espectador. Aunque muy escondido entre luces, brillantina, música, cantos y coreografía, exponíamos el mensaje de la efimeridad de la fama, la verdad y la justicia. Sí, en un ambiente estadounidense, pero que al final de la historia sucede en todos lados.

No fue sino hasta el año pasado que se me dio la oportunidad (por mis macabros deseos con el universo) de volverlo a hacer, pero ahora en un contexto plenamente mexicano. Fuí orgullosamente parte de la puesta en escena Crisis: Modelo para Armar, musical de Antonio y Javier Malpica. (Un par de locos talentosos que han ganado todos los premios habidos y por haber en el mundo de las letras latinoamericanas... bueno casi, les falta el nóbel).

Con el pretexto central en la crisis económica mexicana de 1995 (ya saben, con el cambio de Salinas a Zedillo) explorábamos la vida social clasemediera que se vivía en esos tiempos. Desde crisis de identidad, de pareja, hasta sexual o de familia, aprovechábamos para convertirnos en un reflejo del público. En una especie de espejo donde los asistentes sin darse cuenta (las más de las veces) se reían o lloraban de sí mismos. El texto era poderosísimo, acompañado de una buena dósis de música inteligente que lograba conmover a todos los que tuvieron oportunidad de ver la obra.

Estuvimos un año en cartelera y eso, en el quehacer teatral independiente en México, es un gran gran logro. Pero grande en verdad. Con funciones cada fin de semana logramos mantener el barco a flote más tiempo del que normalmente se especularía para una obra mexicana independiente y sin los grandes nombres, shows o presupuestos que tendrían Tina Galindo o Morris Gilbert en sus obras adoptadas. Muchas veces, se nos ejemplificaba con la frase de "cómo hacer teatro independiente y no morir en el intento". Reseñas, las tuvimos a montones (muchas las pueden encontrar buscando la obra en google o pa' acabar pronto, en el blog oficial de la obra que tengo linkeado aquí en La Silueta en el apartado "Otras Siluetas") y en su mayoría trataban el tema de lo increíble o sorprendente que era el tiempo que habíamos logrado permanecer vigentes en la cartelera teatral.

Lo más reconfortante, quizás, era que mucha gente nos daba las gracias por hacer una obra así. No subestimo a los talentos que participan en grandes producciones, pero sí creo que nosotros logramos llegar a un público teatral enormemente desatendido. Aquel que busca más que reflectores y una escenografía fastuosa acompañada de vibrantes coreografías y orquestas en vivo. Aquel público que esperaba ver una obra inteligente que realmente lo invitara a la reflexión. Y no por que fuéramos azotados, todo lo contrario (enemigos del teatro azotado e intenso como acostumbraría ARGOS o Tavira), éramos netos. Eso sí, muy netos.

Trabajé al lado de gente muy creativa y cuidadosa. Intensa a su manera pero siempre en búsqueda de la verdad escénica. Gente comprometida y cooperativa que luchó por un bien común y jamás por el propio. Supongo que la unión de todos estos factores fueron los que realmente ayudaron a mantenernos a flote en la gran tormenta económica de los teatros en estos tiempos. Pero como bien suponíamos, tendría que llegar el momento en que finalmente dijéramos adiós a esta obra que nos cobijó durante un año y que nos enseñó grandes cosas.

En la función de despedida que tuvimos, contamos con la suerte de tener una placa (que orgullosamente recuerdo y conservo en réplica) y además fuimos honrrados al tener quién la develara. Silverio Palacios, Amandititita y Rafael Perrín fueron los incautos que llamamos para engalanar nuestra despedida, y fue así que Perrín dijo en el momento de la develación algo que me quedó muy grabado y me pareció horriblemente cierto. Crisis modelo para Armar fue una excelente puesta en escena pero con una gran maldición: ser mexicana.

Bien lo dijo Perrín, "el teatro sí se muere", y la verdad es que nuestra obra dejó de presentarse por que llegó el punto en que la gente dejó de ir al teatro, por consiguiente, dejó de darle vida al trabajo. Rafa añadió frente a todos los asistentes que, si esta obra hubiera sido presentada en Nueva York, hubiera logrado ser una magnífica puesta off-broadway que seguramente se mantendría vigente durante más de dos años con llenos totales. Pero el espectador teatral en México es tan raro, tan escaso, tan difícil de encontrar, que no importó qué tan bueno fuera el producto. Nuestra poca atención al arte terminó por matarlo.

Suena triste, y hasta desesperante o desalentador, pero me quedo con excelentes recuerdos. Enseñanzas inimaginables y cosas que nunca pensé poder aprender. Gente, aplausos e historias que contar. Pero sobre todo, me quedo con esa deliciosa sensación de haber podido ser políticamente incorrecto una vez más, tirando mierda y despotricando agusto contra el gobierno, la sociedad y la vida misma pero a mi manera favorita de hacerlo: en el escenario.

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