jueves, 28 de mayo de 2009

En busca de Yuth.

A los 9 años, justo cuando iba a entrar a quinto de primaria, mis papás decidieron que lo mejor para sus hijos era mudarnos a Pachuca. Lo hicieron por que fueron víctimas de los medios (quién no) que en ése entonces anunciaban alarmantes niveles de contaminación en la Ciudad de México. Creo que fue la época en que nacieron los IMECAs. Mis papás pensaban que sus hijos merecían un entorno más limpio para poder crecer sanamente (too late, ya estábamos bien dañaditos mi hermana y yo), sin embargo a tan corta edad no opusimos resistencia. Recuerdo que me ponía un poco triste pensar que iba a dejar atrás a algunos amigos, pero también me entusiasmaba la idea de vivir algo nuevo. Sin más, empacamos nuestras cosas y nos fuimos a mudar a una casita bastante horrenda por el barrio de Cubitos en Pachuca. Nos dijeron que sería una casa provisional en lo que encontrábamos una mejor para vivir.

Bajo recomendación de una de mis malvadas tías (por que en serio son malvadas, algo así como Maléfica y Úrsula meets las madrastras de Cenicienta) nos inscribieron en el Colegio Columbia. Era una escuela privada cuya reputación (ahora caigo en cuenta) excedía por mucho la realidad. En mi salón éramos un total de once escuincles. Teníamos una maestra de español, una de inglés, un profesor de música (que nos hacía cantar cada clase canciones de Agustín Lara) y un profesor de educación física. En el Columbia, era prohibido -empero- PROHIBIDO llevar a la escuela comida chatarra: papas, chocolates, dulces, boings, brinquitos, miguelitos, etc. Sólo podías comer cosas nutritivas y hechas en casa, de lo contrario te suspendían. Mi mamá terminó odiando esa idea por que muchas mañanas para dormir otro ratito nos daba dinero con la indicación "Pa' que te compres algo en el recreo. Me regresas el cambio".

Existía en la escuela una especie de sistema de fichas que asemejaban el dinero. Una especie de moneditas de plástico con diferentes valores que iban desde la de 5 Columbiones hasta la de 1000. Cada que hacías bien la tarea, participabas en clase o simplemente te portabas bien, eras recompensado con un número específico de Columbiones. Tu ahorradito lo podías intercambiar por maravillosos premios como: Pasar Lista 100 C. Leer un Libro 200 C. Ayudar a calificar 300 C. y así sucesivamente se iba haciendo más ridícula y ñoña la lista. ¿Qué putas era eso? ¿El Infierno? No mames que me iba a portar bien una semana para poder ayudar a calificar a la maestra. A tan corta edad ya me urgían unas clasesitas de groserías para ir y rechingarles toda su madre a esa bola de pendejos hijoputas. Mi mamá nada más se reía, por que hasta ella reconocía que la escuela tenía un sistema bastante estúpido.

Era yo el popular del grupo por que venía de la Ciudad y supongo los demás veían en mí alguien más experimentado. (Aunque ahora que he tenido contacto con algunos de mis ex-compañeros de ése entonces me doy cuenta que estoy plenamente atrasado) Me caían todos bien (menos Rafa Gallegos, que era un presumido), pero de todos los cuates de la escuela, nadie pudo compararse jamás con el que se volvió mi mejor amigo en ése entonces. Era un niño que vivía un par de casas arriba que la mía. No iba en el Columbia, y pese a mi carácter de autista solitario y antisocial, se volvió mi amigo. Ya ni recuerdo cómo fue que nos empezamos a llevar. Quizás un día me lo encontré en la tiendita de la esquina y simplemente empezamos a platicar. A lo mejor fue un día andando en bici. Pero lo que sí sé es que nos llevamos super bien y nos identificamos muy cabrón. Los dos éramos fans de Mega Man. Él tenía el 2 y yo el 3 así que intercambiamos. Salíamos en las tardes a jugar con los otros niños de la cuadra mientras mi hermana salía con sus dos nuevas amigas que vivían en frente y tenían su casa llena de cucarachas. Mi amigo y yo nos la pasábamos juntos todas las tardes; se llamaba Yuth.

Algo de lo que sí me acuerdo perfecto es que cuando me dijo su nombre me reí. Me parecía gracioso y feo. Pero luego supuse que debía tratarse de algún nombre exótico de un país exótico por que Yuth tenía un acento exótico. Hablaba tipo Edel Juárez, arrastrando las erres, como si fuera francés (y eso que sus papás eran tan mexicanos como el nopal). En Pachuca siempre han existido árabes. Ahora que lo pienso, quizás Yuth tenía ascendencia árabe pero nunca se lo pregunté. A su mamá le desesperaba que jugáramos tanto tiempo y siempre me corría de su casa para que Yuth terminara su tarea de inglés (materia donde recuerdo era bastante malo). Mi mamá decía que éramos igualitos; tetos, callados, bastante geeks pero nobles como pocas cosas en la vida. Una de las cosas que más recuerdo de Yuth era un horrendo conjuntito azul que de vez en cuando se ponía. Parecía que se lo había bordado su mamá. Al parecer le tenía mucho aprecio hasta que un día parte del pantalón se le atoró en los pedales de la bicicleta y se le rompieron. Recuerdo perfecto su casa. La voz de su mamá. El barrio donde vivíamos.

Algún tiempo después, mis papás propusieron regresarnos a México (por que eso de vivir tan cerca de la abuela, las tías malvadas, los primos insoportables y la gente ñoña de Pachuca no era tan atractivo finalmente). Mi hermana y yo emocionados aceptamos la propuesta. No tardamos más de dos días en empacarlo todo de nuevo y esperar a que terminara el ciclo escolar para regresar de inmediato. Cuando partí no me despedí de Yuth. Ni siquiera le dije que me iba. Tenía miedo de que se enojara conmigo al decirle que me iba. El último recuerdo que tengo de él es aquel donde Yuth está parado en la entrada de su casa viéndome sin decir nada mientras yo me subo al coche para ya no volver.

Todo esto lo escribo por que hace dos días soñé con él. Han pasado 16 años (chales) y soñé con él. Le comenté a mi mamá del sueño que tuve y me dijo: "Seguro es por que se acordó de ti". Así que he decidio hacer algo. Voy a ir en busca de Yuth. Iré a su casa (o quizás la que era su casa) y explorar la posibilidad de encontrarlo de nuevo. Me da miedo. En 16 años todo puede pasar. No sé siquiera si esté vivo o muerto. Si se volvió un psicópata, se metió al ejército o si se fue a otro país. Tal vez ni siquiera me reconozca. No tengo idea. Pero propongo prometerme encontrarlo. Si lo logro, podré averiguar las tres cosas que más me intrigan sobre nuestra historia. ¿Seguirá arrastrando las erres? ¿Qué demonios fue de su conjuntito azul? Y por último la más importante: si todavía me recuerda.

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