martes, 26 de mayo de 2009

El que quiera Azul Celeste...



Gracias a Karina Manzur fue que pude entrar a corear con Angélica Vale desde el año pasado. Se conformó un equipo de trabajo bien chido. Aunque de vez en cuando existe rotación de personal, sucede únicamente por causas de suplencia. Es así que he cantado junto con amigas como Reneé Camacho y Alina Cardoso en el mismo show pero en diferentes fechas. La verdad es que me siento feliz de mi "hueso" (así se le dice al trabajo en la jerga musical... no me encanta pero bueno, así se le dice) por que anteriormente y exceptuando las coreadas en Azteca, entraba yo como coro "de aumento". Es decir, bajo ciertas fechas únicamente donde se requería un mayor número de cantantes pero no era corista de base. Así que cantando con la Vale obtuve hueso fijo. Y está chingón, por que no es un concierto como cualquier otro, es un show de imitaciones y siempre me divierte mucho. Canto rolas que van desde Mentiras hasta Macumba. Es muy gracioso y la gente siempre se la pasa bien.

Lo que más me gusta es que casi siempre viajamos para presentar el show, y el fin de semana pasado me tocó Cancún. Tenía aproximadamente 10 años de querer regresar a ese lugar. La última vez que había ido fue en el viaje de generación de la prepa. Guardé muchos recuerdos que a veces visito, pero uno de los que quería volver a vivir era el azul del mar de Cancún. Ese chingado azul; no hay otro en México como el de Cancún. Y su temperatura. Su arena blanca artificial (que le dicen). Ése azul sólo lo he visto ahí. Y regresar a él después de 10 años fue un sueño, aunque fuera por un día.

Me encanta viajar y me encantan los aviones, pero dice mi otorrino que por desgracia nací con una extraña condición en los conductos auditivos que se irritan con los cambios de presión, y por esta razón, en 8 de cada 10 vuelos sufro de dolores indescriptiblemente agudos en los oídos y en la cabeza cada vez que el avión empieza a descender. Una ocasión me quedé sordo dos días. Logré volver a escuchar cuando un bostezo gigante me reventó la sordera, acompañado de otro agudísimo dolor porsupuesto. Sin embargo, a pesar de este historial he seguido enamorado de los viajes. Es tanta mi emoción cada vez que voy a cualquier aeropuerto que casi siempre olvido que tengo una pésima suerte para los aviones. Además del casi siempre presente dolor de oídos, se me demoran los vuelos, se han incendiado turbinas en pleno Atlántico cuando voy justo al lado de ellas, se descomponen las alas, el avión queda atrapado dando vueltas en el aire por que hay mucho tráfico en tierra y no podemos aterrizar, el de al lado viene borracho y le vomitó a la azafata dejando un olor poco atractivo las 11 horas de vuelo o la de al lado tiene un terrible aliento y casualmente le encanta platicar.

Este viaje a Cancún del fin de semana pasado no pasó desapercibido tampoco en mi historial de tragedias de vuelo. Tenía llamado 6:30 am en el aeropuerto (crimen total, a esa hora no existo). Subimos al avión pero Aviacsa decidió esperar a 8 pasajeros que quién sabe dónde andaban. Luego de 30 minutos de espera, llegaron 8 extranjeros que andaban perdidos buscando la sala de abordaje. Cuando nos disponíamos a despegar (ya el avión en marcha) noto que tres azafatas empiezan a correr como locas hacia la parte trasera del avión. Una de ellas comenzó a gritar: "¡Por favor! ¡Un médico abordo! ¡Ayuda!" Posteriormente la misma petición se hizo pero a través de las bocinas del avión. La nave detuvo su despegue y regresó a la plataforma de desembarque. Estacionados de nuevo fuimos notificados de la próxima llegada del cuerpo médico y fuimos agradecidos por nuestra comprensión. Las cabezas de las filas delanteras (incluída la mía) volteábamos continuamente hacia atrás para ver qué había pasado. Una hora después, en una silla de ruedas, sacaron a una niña de unos 9 o 10 años con su mamá. Al parecer había tenido una serie de convulsiones o algo por el estilo. Me sentí mal por ella, pero admito que al mismo tiempo me sentí aliviado por que si mi lógica no fallaba, ya despegaríamos ahora sí. Pues error... el avión no podía despegar aún por que había que buscar las maletas de la señora y su niña epiléptica. 30 minutos más tarde pudimos emprender el vuelo, pero al momento de descender en el aeropuerto de Cancún sentí de nuevo ese dolor... ese puto jodido dolor.

Logré llegar después de tanta peripecia al azul que desde hacía 10 años extrañaba tanto. Dejé mi toalla y mi vaspapú en el primer camastro que encontré y corrí al mar. Ése mar ése mar. Con ése azul. Y todo valió la pena otra vez. Hasta la influenza, por que la playa estaba vacía. Sólo el mar y yo, con un montón de recuerdos, y un montón de azul que me va a durar por lo menos otros 10 años. Fue una verdadera odisea llegar, pero como dicen luego: el que quiera azul celeste, que le cueste.

1 comentario:

Armoise Pimpant dijo...

tu inseparable vaspapú café... te extraño...